Jairo Prieto
Macías (Ocumare del Tuy, Venezuela, 1987) es editor, poeta y narrador. Cursó
estudios de Comunicación Social y Literatura. Participó en diversos encuentros
literarios en distintas regiones de Venezuela. Como facilitador, ha impartido
talleres de creación literaria en las modalidades de cuento y poesía. Ha
publicado los poemarios Cuánto pesa un río (2006); Primicia de huesos (2012);
Inmolaciones (2020), siendo traducida al portugués y al francés e incluida en antologías
latinoamericanas. Además, ha incursionado en el ámbito audiovisual, realizando
guiones cinematográficos para cortometrajes de ficción y documentales.
Presentamos dos
piezas de Inmolaciones (2019) que se adscriben rigurosamente al género de la prosa
poética. Al prescindir deliberadamente de la métrica tradicional y del salto de
línea, el autor abraza el bloque de texto para desatar una musicalidad interna
y un ritmo vertiginoso. Estas obras no buscan la estructura visual del poema
clásico, sino la fuerza evocadora de las imágenes. A través de este díptico, el
lector transita desde el repliegue íntimo de un cuarto sitiado por los libros,
hasta el deambular por una urbe visceral, melancólica y desquiciada. Los
invitamos a sumergirse en una poesía que habita en el párrafo y se lee con el
pulso de la honestidad brutal.
Inmolaciones
He cedido a estar solo, rebuscando en
mí la felicidad, a la vez, como algo trágico me ahoga el aislamiento. Los
recuerdos y los anhelos de estar contigo son peor contagio. Sé que la felicidad
proviene del compartir. Soy infeliz, amar la soledad ha sido mi peor virtud.
Falso que los libros te remplazan. Estando solo he aprendido, me he dado cuenta
que amo en demasía a la vida. Piadosamente
el sueño vuelve con sonrisa fresca, su viento que me acecha con tu rostro de
amante lejana, en el punzante insomnio. Me cuesta llorar. Camino cabizbajo.
Escribo. Llamo tu atención. Viajar ha sido una evasión a mi realidad. Más allá
de los etéreos rincones de la soledad se forja la vida mía. Con una biblioteca
de cuarenta libros, un computador, café y fotografías. Las patas de la cama
están rotas, el escritorio está sucio de papeles. La vida es finita para el
exiguo tiempo que exige tanto. Mi orgullo es alto y se sombrea en el aislamiento
de la lectura ciega, en está sombría soledad que aniquila.
En mis venas
saltan los recuerdos, diásporas, desdeseos, abulia, y la rutina recicla los
días felices; cuántos más por vivir.
Entre brindis, y
cigarros distractores me desvelo. Todo me parece una terrible mierda. Han
pasado años y sigo deseando lo mismo. Han pasado deseos y sigo queriendo lo
mismo. La anarquía me persigue como a un perro.
Para amar hay
que desprenderse del vacío, del malestar tembloroso de la expectativa y
entregarse a la existencia completamente cándido y fiel como el río al tiempo.
Mis dioses
tuvieron, en su mayoría una infancia atroz, sus filmografías, sus narraciones
me restriegan en la cara que no es tiempo de morir.
La literatura ha
sido mi país y la soledad mi casa, por eso no me desvivo por emociones ajenas.
Me aíslo. Mis
dioses están en la tierra, y uno que otro que ya murieron.
Inmolaciones,
2019.
La maldición de
Malinche y el color carne.
En esta ciudad
serpentea el río donde a diario se escurre un poco de nosotros. Un río que no
le importa de dónde nace y a donde va. Un río que a veces se desborda y a todos
nos hace correr, porque se nos olvida que esa mierda es nuestra. Un río que nos
da asco pero que extrañamos. Esta ciudad puede ser otra, pero no queremos que
sea otra, no queremos ser otros. La piel de esta ciudad huele a ron, mierda y
panfleto. Su boca morbosa huele a nubes recién nacidas. Esta ciudad ama,
maldice, pero no odia, el odio viene de otro lado. Esta ciudad decidió aceptar
un nombre nuevo en 1567, decidió ser desquiciada para que sus sentimientos no
se atrofiaran. Esta ciudad tolera a los que la desprecian a diario, y le ofrece
sus montañas y buen clima. Los huesos de esta ciudad son melancolía viva. El
mar y la montaña protegen a esta ciudad de los malos augurios. No hay quién
pueda con esta ciudad. Esta ciudad sólo es entendida por ella misma. Esta
ciudad está loca, y quien transita sus calles pierde el juicio. La soberbia de
esta ciudad es amable y mingona. A esta ciudad le gustan las leyes para
romperlas y sentirse rebelde. A esta ciudad le gusta jugar con los sentimientos
de todos, y los barrotes de su ego niegan que la mierda del río es suya, y se
hace que olvida con facilidad para no sentirse culpable.
Inmolaciones, 2019.
Poemas en prosa
(c) Jairo Prieto Macías
Ocumare del Tuy
Venezuela